15/08/2022

Afganistán y los dilemas humanitarios

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Las manos de un frutero en Kabul, Afganistán, el 2010.

Estos días, el Programa Mundial de Alimentos ha confirmado que, en Afganistán, una de cada tres personas sufre hambre y dos millones de niños están desnutridos. Desde la toma del poder por los talibanes, en agosto del 2021, justo ahora hace un año , Estados Unidos ha proporcionado 775 millones de dólares en asistencia humanitaria a Afganistán, y la ONU insiste que hacen falta al menos 4.400 millones de dólares para abordar las necesidades de emergencia de más de 24 millones de afganos, el 60% de la población. Desde el 1979 hasta el 2019, el país recibió casi 85.000 millones de ayuda oficial al desarrollo (AOD). Curiosamente, hasta la invasión norteamericana, el país apenas recibió atención en cuanto a AOD, mientras que a partir del 2001 fue uno de los países con más ayuda por habitante y año. La lectura geopolítica es evidente.

¿Cómo tendría que actuar la comunidad internacional, los países donantes y los organismos internacionales, ante una grave crisis socioeconómica , pero en un país controlado por un grupo que discrimina a las mujeres y aplica de la manera más represiva la ley islámica? ¿Hay que ayudar, o es mejor que el país siga el camino por sí mismo? Al fin y al cabo, se podría argumentar, los talibanes disfrutaron del apoyo de una buena parte del país, y los ocupantes no fueron bienvenidos en un país harto de invasiones externas. Este dilema no es nuevo, y especialmente en las organizaciones de emergencia humanitaria ya se lo tuvieron que plantear el 1993 en Somalia y el 1994 en Ruanda, dando origen a un intenso debate que todavía no se ha acabado. En cierto modo, es la versión más cruda de la condicionalidad de la ayuda, que es igualmente un tema de debate permanente.

Honestamente, no tengo una respuesta contundente al dilema moral y ético de si hay que ayudar estas poblaciones en peligro mientras los dirigentes que han causado el desastre mantienen su impunidad o acaban repartiéndose el poder, sabiendo que millones de personas sufrirán las consecuencias de una situación política, social y económica sumamente compleja que estos mismos dirigentes han creado. A mi parecer, el debate de fondo, y que hay sobre otros muchos contextos, es si se tiene que conceder o no ayuda a países con regímenes políticos no deseados por los donantes, y más en contextos bélicos en que hay responsables de su planeamiento, inicio y prolongación.

Aunque la mayoría de veces esta pregunta no se hace, y mucha gente ignora lo que pasa en países lejanos, el caso afgano es diferente a otros contextos menos conocidos, en la medida que la imposición del burka y el desprecio sobre las mujeres es una cosa muy sabida entre la opinión pública internacional, un aspecto que los talibanes que ahora están en el poder saben perfectamente. La tesis genérica que estoy manteniendo aquí es que las sociedades tienen que seguir su camino, decidir lo que quieren y luchar para conseguirlo, con el mínimo de intervención externa posible, y descartando cualquier intervención militar. La conquista de las libertades y los cambios sociales, culturales y políticos de gran importancia entiendo que tienen que surgir de las mismas sociedades, sabiendo que pueden pagar un alto precio por eso. Pensar que la compasión externa tiene que prevalecer sobre los cambios internos que hacen falta, aunque tengan plazos muy dilatados, no deja de ser una forma de colonización cultural y política y una manera de prolongar la situación de injusticia. Esto no tiene que ser obstáculo, sino todo al contrario, para que se apoye de una manera u otra a los movimientos del interior de estas sociedades que luchan para crear las condiciones que permitan provocar los cambios necesarios. En este sentido, entiendo que la ayuda oficial al desarrollo, tal como está concebida, casi no tiene espacio en este proceso. Puede parecer muy cruel decirlo así, pero si se ayuda los talibanes a esquivar las crisis humanitarias que se irán sucediendo, anularemos completamente la capacidad de revuelta interna que, un día u otro, permitiría que Afganistán disfrutara de más libertades. Con la compasión no basta, y, a veces, esta también mata.