12/02/2021

El virus se transmite más por los aires que por las superficies

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El virus se transmite más por los aires que por las superficies

A la hora de gestionar bien una pandemia, hay que tener el máximo de información para poder tomar las decisiones adecuadas. Este conocimiento lo proporciona la ciencia. Pero la urgencia social topa con el hecho de que, por diseño, la ciencia es lenta: tiene que estar muy convencida antes de llegar a ninguna conclusión, para asegurarse de ser correcta. Esta diferencia de ritmos ha creado momentos de tensión desde que surgió el covid-19, como por ejemplo con el tema de cómo se transmite el virus: a pesar de los meses que han pasado, todavía no se ha llegado a un acuerdo, y esto complica definir las medidas que son más eficaces para evitar los contagios.

La vía de entrada

El SARS-CoV-2 tiene una predilección especial por las células pulmonares. Igual que el virus del SARS, su pariente más cercano, para acceder en el interior de estas células se adhiere a una proteína llamada ACE-2, que se encuentra en grandes cantidades en la vía respiratoria. A partir de estos datos y gracias a las primeras observaciones, rápidamente se entendió que el SARS-CoV-2 entraba en el cuerpo por la nariz, la boca y, seguramente, otras mucosas. La puerta de entrada, pues, estaba clara. Faltaba entender, sin embargo, cómo llegaba allí.

Aire o superficies

El SARS-CoV-2 es más gordo que los virus que suelen causar infecciones (tiene125 nanòmetres de diámetro), y por eso inicialmente se creía que no se transmitía fácilmente por vía aérea: su peso le tendría que impedir recorrer grandes distancias. Al principio de la pandemia, unos estudios determinaron que el SARS-CoV-2 podía sobrevivir durante varias horas sobre todo tipos de superficies, incluso tres días en algunos casos. Así pues, la primera respuesta a cómo se contagia el covid-19 fue que posiblemente a través de superficies contaminadas: una persona entraría en contacto con un objeto donde estaba el virus (lo que técnicamente se denomina fómito) y después con la misma mano se tocaría una mucosa.

Como consecuencia, las recomendaciones para evitar la infección se centraron al lavarse bien y muy a menudo las manos, incluso llevar guantes en algunos casos, y desinfectar a conciencia todas las superficies y la ropa. Con los datos que se tenían entonces, estas eran las acciones más lógicas, y el uso de mascarillas se recomendaba solo para evitar que los positivos contaminaran objetos con microgotas de saliva.

Pero a medida que pasaba el tiempo se iba obteniendo más información. Inicialmente causaron controversia unos trabajos que proponían que el SARS-CoV-2 también se podía transmitir por el aire: algunos investigadores habían visto que podía viajar al menos cinco metros en las pequeñas gotitas de los aerosoles que expulsamos cuando respiramos y, sobre todo, tosemos, cantamos o gritamos. Esto cambiaba radicalmente el paradigma: ahora el peligro no serían solo los fómitos, sino también las habitaciones concurridas y mal ventiladas, donde el virus se podría acumular en el aire en cantidades suficientes. A pesar de que no todo el mundo estaba de acuerdo, se cambió la estrategia: las mascarillas pasaron a considerarse esenciales y los esfuerzos se dirigieron a evitar aglomeraciones en espacios cerrados.

A lo largo de los meses siguientes, voces críticas empezaron a cuestionar los análisis iniciales de la supervivencia del virus en superficies, porque las condiciones de los estudios eran artificiales. Según estos expertos, en la vida real era poco probable que quedara una cantidad suficiente de virus sobre un objeto para pasar a otra persona y contagiarla. Mientras tanto, la OMS se negaba a admitir que la aérea era la vía principal de transmisión (por prudencia científica esperaban más estudios concluyentes), y mantenía como primordiales las recomendaciones de lavado de manos y desinfección. Les costó mucho, pero finalmente añadieron los aerosoles a la lista de mecanismos importantes de propagación del virus.

La importancia de las mascarillas

Desde entonces, las mascarillas han ido tomando más relevancia, y el debate sobre la prevención se ha trasladado hacia cuáles son más adecuadas. La noticia que, a principios de año, Alemania estaba estudiando obligar a llevar las del tipo FFP2 en tiendas y transportes públicos puso sobre la mesa el dilema de sí es más útil, desde el punto de vista de la salud pública, utilizar las profesionales (más seguras, pero también más caras, incómodos y difíciles de usar bien) o continuar con las de siempre. La mayoría de países han elegido la segunda opción. Una alternativa intermedia que va ganando popularidad últimamente es la doble mascarilla (una de ropa sobre una de quirúrgica), que tiene un porcentaje de eficacia muy elevado.

Así pues, ¿cómo se transmite el SARS-CoV-2, por los objetos o por los aires? Con los datos actuales, el consenso es que seguramente por las dos vías, pero sobre todo por la segunda (a pesar de que las proporciones todavía se discuten). Por eso la semana pasada el editorial de la prestigiosa revista científica Nature pedía que se dejara de una vez de gastar recursos públicos en desinfectar, como todavía hacen muchos países, en beneficio de más ventilación, más mascarillas y más purificadores de aire, unas medidas que tendrán más impacto.

Mientras se actualizan las medidas, lo más prudente continúa siendo vigilar todas las posibles vías de contagio, incluso las menos frecuentes.

Salvador Macip es investigador de la Universidad de Leicester y la UOC

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