

"Quisiera visitar a un preso que nunca reciba ninguna visita", pidió Viqui Molins, e hicieron entrar en el locutorio a un chico que no sabía quién era su padre, que no conoció a la madre porque murió durante el parto y que atravesó el estrecho de Gibraltar escondido bajo un camión cuando tenía 11 años. "Me da igual salir de la cárcel, porque nadie me espera fuera –le dijo– y me da igual morirme porque nadie me llorará". Viqui le contestó que ella sí le echaría de menos. Se vieron cada semana durante cuatro años. El chico acabó diciéndole "mamá".
Y así fue todos los días, durante décadas, la vida de la monja teresiana Maria Victoria Molins. Mirar y abrazar fueron su forma de servir. Mirar porque, en sus palabras, "sólo puede actuar el que mira, y hay una parte de la sociedad que es invisible". Y abrazar con una sonrisa inmensa como forma de decirlo todo y decirlo bien. Con el Peio Sánchez, párroco de la parroquia de Santa Ana, y cientos de voluntarios, montaron un "hospital de campaña" del estilo de los que pedía el papa Francisco para las grandes ciudades: iglesias abiertas también para acoger y hacer realidad el Sermón de la Montaña. Durante la pandemia, suerte tuvimos de Santa Anna. Ayer, Peio informó de la muerte de Viqui con un golpe de humor muy suyo: "Le ha fallado el corazón. Era de esperar, porque ha sido el que más ha regalado, su corazón".
Este país pierde a una mujer extraordinaria y gana un referente histórico de compromiso con los más pobres. La Fundación Viqui Molins recibe el difícil encargo de seguir mirando con sus ojos y actuando con su coherencia, ahora que ella ya no está. Y la Iglesia tiene una nueva santa.