

Dentro de nada será 8 de marzo, y esta semana, por encargo del Observatorio Social de la Fundación La Caixa, moderé una mesa redonda sobre cómo la desigualdad de género va más allá de la famosa brecha salarial. Tres ejemplos: el 74% de los trabajos a tiempo parcial los ocupan mujeres, y son ellas, en un 87% de los casos, las que interrumpen su carrera profesional para hacerse cargo de sus hijos. Hay menos investigación y, por tanto, menos datos sobre los efectos adversos de los medicamentos en mujeres que en hombres. Y, en promedio, las mujeres dedican once horas más a la semana que los hombres al cuidado de sus hijos, y otras cuatro horas en las tareas domésticas.
Los datos iban cayendo con precisión, aportados por tres profesoras de economía en primera línea de la investigación internacional en materia de género, Lídia Farré, Libertad González y Judit Vall. Una evidencia quedó demostrada: aunque hemos progresado mucho, el techo de cristal se ha resquebrajado pero no se ha roto. ¿Cómo conseguirlo? A la hora de las soluciones, aparecieron las intuiciones.
Hay referentes de éxito profesional para las mujeres, lo que ha roto ciertos estereotipos. Pongamos el ejemplo del fútbol: las niñas ven a chicas jugando por la tele y se reflejan en Alèxia Putellas y se compran camisetas con el nombre de Aitana Bonmatí. Y los niños ven que claro que las niñas pueden jugar al fútbol. ¿Pero ven si todo el mundo comparte los trabajos de casa? Más bien no. Es decir, lo que ahora necesitamos son modelos masculinos, referentes de cuidados. Y huelga decir que el primer referente para los niños está en casa. En resumen: los hombres tienen asumido que las mujeres trabajen fuera de casa pero que los hombres trabajen por igual dentro de casa es una asignatura aún pendiente de aprobar.