13/03/2021

Literatura con mensaje

4 min
Sue Lyon con James Mason al film 'Lolita', de Stanley Kubrick.

BarcelonaCuando éramos pequeños nos enseñaron que cada historia llevaba asociada un mensaje. En misa, cada domingo nos leían unos hechos (“palabra de Dios”) que a continuación el cura interpretaba de forma que no nos pasaran por alto las consecuencias morales. En la escuela, cursábamos asignaturas como formación del espíritu nacional que seguían un patrón parecido. Algunas de las historias, de hecho, eran miméticas: el sacrificio de Isaac a manos de su pare Abraham parecía la matriz de lo que nos explicaban sobre el asedio del alcázar de Toledo, cuando el general Moscardó aceptó que su hijo fuera fusilado por los “rojos” antes de rendirse. En los dos casos, el mensaje estaba claro: nuestros padres no tenían que dudar en sacrificarnos, si se daba el caso, por causas superiores.

En paralelo, leíamos tebeos y novelas, igual que veíamos dibujos animados, series y películas: por pura diversión. En estas ficciones aparecían personajes buenos, malos y regulares, que a veces se triumfaban y a veces no. Sin pensar demasiado en ello, intuíamos que en algunos ámbitos las historias eran un pretexto para vehicular mensajes, mientras que en otros eran tan solo una manera de pasar el rato, de entrar en otras mentes, de conocer mundos lejanos o inventados.

Leer, un acto de libertad

Todo ello nos preparó para el principio que establece la separación entre la calidad de una obra y los valores que presenta. Entendíamos que esta separación nos liberaba de los adoctrinamientos que habíamos sufrido, y sobre todo nos permitía leer cualquier cosa, puesto que la soberanía del texto, así como el placer que procuraba, estaban por encima de consideraciones personales, ideológicas, raciales, sociales o históricas. Como leer era un acto de libertad absoluto, nos entregábamos sin reservas a obras que presentaban visiones complementarias o contradictorias, de autores tan varios como Bukowski, Brecht, Chandler, Anaïs Nin, Dostoievski, García Márquez, Yourcenar, Isak Dinesen o Truman Capote. Todo nos interesaba: la tragedia, el humor, la banalidad. Solo el tedio podía hacernos aburrir un libro.

Hacia finales de siglo XX empezamos a ver que aquel principio tambaleaba. La primera muestra que recuerdo de este cambio fue a principios de los años noventa, cuando la Alianza de Gays y Lesbianas contra la Difamación (GLAAD) criticó la imagen del lesbianismo que difundía Instinto básico, un film que presentaba un grupo de asesinas con esta orientación sexual. Desde entonces se ha afianzado la idea que cada personaje representa un colectivo y que la imagen que la ficción proyecta del personaje resulta útil para valorarla, sobre todo para condenarla. 

Una actualidad llena de personajes modélicos

Ahora lo que importa es que los personajes sean modélicos y que las virtudes (o los débiles, oprimidos o rebeldes) obtengan recompensa. De este modo, la serie Unorthodox es recomendable porque una chica escapa de un destino adverso y consigue reinventarse, mientras que la novela Lolita no lo es porque presenta el punto de vista de un pederasta. También importa que las opiniones del autor sean políticamente correctas: los libros que escribe Erri de Luca, que es comprometido y comprensivo, son mejores que los de Michel Houellebecq, que es machista y egocéntrico.

La consideración de las obras literarias a partir de los valores que transmiten protagonistas y autores me recuerda a aquella manera de leer que asocio a los años setenta, pero entiendo que a las generaciones más jóvenes les puede parecer una forma de enfrentarse al dogma de la autonomía estética. También es cierto que la conexión entre literatura y moral permite ahorrar mucho tiempo. Por ejemplo, ya no hay que leer obras de autores que abrazaron ideologías sórdidas o que tuvieron comportamientos execrables. Si cualquier libro que muestre personajes machistas, racistas o colonialistas es rechazable, la valoración es rápida y sencilla. Me encontré años atrás en un club de lectura en que comentábamos El Gatopardo. A cada pasaje, uno de los asistentes criticaba el comportamiento moral del príncipe de Salina. No digo que le faltara razón, pero aquella obsesión nos impedía abordar otros elementos de la novela.

Si nos acostumbramos a exigir que todos los personajes de las ficciones respeten la sensibilidad actual, no tardaremos en prohibir libros como Huckleberry Finn o Matar un ruiseñor, como ya han hecho en los Estados Unidos. Aplicando este criterio, desterraremos la gran mayoría de las obras escritas antes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que retratan una sociedad muy diferente de la actual (y también las expectativas). Por extensión, será difícil tolerar la violencia gratuita de La naranja mecánica, el clasismo de los cuentos de Poe, las masacres de musulmanes que emprende Tirant lo Blanc, la esclavitud naturalizada en Las mil y una noches, la misoginia militarista de la Odisea, etc. 

Muchos estudiantes de hoy creen que la operación de lectura se reduce a extraer del texto una conclusión moral, en general vinculada a conceptos de moda como la proactividad, la empatía o la zona de confort. La mayoría de ficciones de siglos anteriores, en cambio, no ofrecen lo que Giorgio Manganelli llama “el fraude piadoso de un mensaje”. Si la tendencia no cambia, pronto las únicas ficciones aceptables serán las que cuentan que no sucede nada (Teo en la granja) o las que vehiculan filosofadas explícitas (El Principito).

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