07/03/2021

La fuerza centrífuga del deseo

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"–patriarchal reasoning goes all the way down, to the letter, to the bone. I had to find ways not to reproduce its grammar in what I said, in what I wrote; in what I did, in who I was."
Sara Ahmed, 'Living a feminist life'

Los límites. Las líneas que no hay que cruzar. Todavía no las tengo bien dibujadas. Hace días que le doy vueltas, que resitúo los recuerdos. Hace días que hago una relectura del pasado, un análisis de texto esmerada. El asunto Institut del Teatre ha sido una sacudida no solo para la institución sino para todo un colectivo y para esta nuestra lucha. Se oye un runruneo de fondo. Sobre todo en algunos silencios muy marcados. Hay muchos que no pían, que callan. Los hay que revisan hechos y pasado. Ha sido una manera de hacer, una inercia muy natural, y ahora se ha evidenciado que los cambios que se nos abalanzan tendrán que ser profundos.

He escrito “asunto IT” porque no quiero personalizar, poner el foco en un lugar demasiado concreto. El problema es estructural, sistémico, y centrarse en un caso hace que se oigan suspiros de alivio: es la excepción, no la regla. Y no. No lo es. No es una excepción. Pero hablemos de estos límites. De lo confusos que son. ¿Qué quiere decir abuso de poder en una profesión en la que prácticamente todo se articula alrededor del cuerpo? En un trabajo en el que belleza, juventud y sexo a menudo se sitúan en el centro. Y es en un sentido amplio que digo sexo. Podríamos decir deseo. A menudo colocamos el deseo en el centro.

Mi historia es una de tantas. Y precisamente por eso, porque es una de tantas, sirve para intentar acercarse a la cuestión de los límites y las fronteras. Empecé a trabajar pronto. A los dieciocho años me hicieron la primera oferta para grabar un disco. Tenía que cantar las canciones de una película de Warner. El director musical, que gestionaba todo el tema del contrato, me dijo: W se ha enamorado de ti. Creo que esa fue la primera vez que lo oí. Un hombre se había enamorado de mí y me quería dar trabajo. Ya entendía que el uso del verbo enamorarse no era estricto, justo, preciso. Pero fue el verbo que usó. Por cambios en Warner, no hubo ni doblaje cantado ni disco, pero un año más tarde se repetía todo. Cantaba para una película de Dreamworks y con el director musical, un alemán de entre cuarenta y cincuenta años, hablamos de esto del disco. Me ofreció ser el productor y tocaba hacer planes. Estaba en el Hotel Arts, quedamos en la recepción. ¿Quieres subir a la habitación? Las vistas son magníficas, te encantará. No subí. Igualmente, él seguía insistiendo en que quería llevarme por Europa, elegir temas, grabar el disco. Promesas gordas. Yo solo veía hoteles con habitaciones llenas de noes.

Después entré en una serie de televisión muy popular en ese momento. En principio era solo para un personaje de verano pero, al final, me quedé. Un directivo se ha enamorado de ti. Esa frase que iría volviendo. ¿Dónde quedo yo, exactamente, en este enamoramiento unidireccional? ¿Marioneta? Quizás. ¿Mito fundible? También. En esa serie empezó mi rebeldía. No entendía esas diferencias. Las chicas íbamos casi de madrugada porque se ve que a pesar de los diecinueve años nos tenían que reestructurar la cara. Los chicos en un cuarto de hora ya estaban terminados. Todo era el maquillaje, la ropa, las dietas, los tratamientos y las operaciones de estética –que hubo unas cuantas–. El deseo en el centro. Una mujer no está nunca lo suficientemente delgada, me dijo un día la directora de la serie. A mí esa fijación excesiva por el cuerpo y la estética me empujó a una bulimia de esas en las que tragas sin parar pero no vomitas. Todo dentro. Años más tarde me encontré a otra actriz catalana que también estuvo ahí: la peor época de nuestra vida, coincidimos.

En Madrid viví una escena de esas que harían mear de risa si no dieran pena. Un compañero de la serie me explicó que había ido a una fiesta en una casa de una urbanización. Había un grupo de compañeros actores que se llamaban a ellos mismos los follapavas. Algunos de ellos tenían un programita de radio y hacían llamamientos de chicas –no sé muy bien cómo iba-. Las convocaban en Puerta de Hierro y se llevaban a una selección en minibús. Adolescentes enamoriscadas de estrellas jóvenes de la tele. Ahí, ya os lo podéis imaginar. Los follapavas. El compañero me explicaba con desprecio cómo abrió una puerta y vio a Y, que practicaba el sexo con un par de chicas, y que le dijo: "¿Quieres un poquito?" Ara viene cuando os reís. Un rato después, este compañero –hacía nada escandalizado por la escena que me acababa de relatar– intentaba convencerme de que sí quería. "Sí quieres". "No, no quiero." Lo tenía encima. Estaba fuerte. E iba fuerte. "Sí quieres". Ya os he dicho que daría risa. Si no diese pena. Hay muchas más historias de esa época, pero no acabaríamos nunca. Solo veinte años, y una vida ya demasiado llena de hombres.

Y volví a casa. Hacía una obra: el director se enamoró de ti el día del casting –me lo dijeron después–. Ese enamorarse, ya lo sabemos. A estas alturas podía empezar a pensar que solo hacía cosas gracias a enamoramientos. Quizás –cuando menos en parte– nace de aquí, mi síndrome de la impostora. Quizás no solo la mía. Y volviendo al asunto: la noche del estreno de una obra que hacía, alguien de la productora me dijo que Z se había enamorado de mí. Otra vez. En el teatro también se repetía. No era cosa solo de la música y la televisión, al parecer. Quiere que actúes en su siguiente obra. Maquillo la frase exacta y hasta aquí puedo escribir porque hay otra gente implicada. Fue una conversación larga sobre esta fascinación del director. ¿Qué soy? Toda mi identidad se ataba, inevitablemente –como en la noche las llamas a la oscuridad–, a la fuerza centrífuga del deseo. Yo sabía que era un claro objeto de deseo cuando el director proponía cosas. Una escena que era una fantasía. ¿Que cómo me sentía? Marioneta. Esclava. Exagero. Quizás. Mito fundible. Ya lo he dicho. Objeto de usar y tirar. También.

¿Y qué pasaba si tenías mujer y hacías teatro rodeada de machos? ¿Qué frases tenías que oír? Ves esto, esta barriga –una prominente que enseguida reconoceríais– es toda semen. Es que te la follarías porque es como un bebé. Si te hacía una mamada, quizás ni notarías los dientes. Si te vas con una mujer es porque no has probado lo que es bueno. Esta última nunca podía faltar en la fiesta. Frase estrella. Aquí, a ser mujer –y a la asimetría de poder– hay que sumar la no normatividad. Un festival de turbio azar. ¿Y los compañeros de profesión? Recuerdo perfectamente ese vestido que llevabas. Y una risita. El síndrome de la impostora, desplegando la cola orgulloso. –Impostora, ¿acaso no lo ves, que eres una impostora?– Y haces más tele, y ves en los ojos de los guionistas que eso lo han escrito para ti. Especialmente para ti, para que lo hagas. Para ellos. Tampoco se esconden. Entonces te lo decían, si hacía falta. Una bromita sobre la gracia que les haría, al guionista y al director, que tu compañera –preciosa– y tú os dierais unos besos. La misma que le debía de hacer a Woody Allen –sí, ese que todo aquello, ya lo sabéis– cuando escribía la escena del beso de Penélope y la Johansson. Cuántas almas agradecidas por todas partes.

Seth MacFarlane empezó una ceremonia de los Oscars dejándolo claro: "We saw your boobs". Una canción-chiste muy sencilla, ir mencionando a todas las actrices y en qué películas se les ven los pechos o si todavía no. El número levantó mucha polvareda. Más allá de la intención con la que lo hizo, evidenciaba la magnitud de la tragedia: la importancia de conseguir desnudar a una actriz y el peso específico que esto tiene en la industria del cine. Así de básico, banal y patético. Para alegría de los conspiracionistas, la conjura y la confabulación, a veces, son reales. Solo hay que pensar en el influyente productor de Hollywood que recibía a las actrices en su habitación de hotel con el albornoz medio desabrochado. Parece osado dudar que, en las reuniones de trabajo con otros hombres importantes, Harvey Weinstein no hablara de las mujeres tal como las trataba. There’s a grain of truth in every joke.

Y más. Hombres de teatro que a la primera obra no te hacían ningún comentario de tipo sexual, pero que unos años más tarde ya habían sacado el tapón: que los sujetadores, que los pechos, y siempre esa risita. –Impostora, impostora–. Hombres de tele que pedían que te entrevistaran para conocerte, que te llamaban para hacer un casting porque querían hablar contigo. Se entiende. Es sistémico, ya lo he dicho. La banalización del mal hacer. Los límites imprecisos. Hasta aquí es lícito. ¿A partir de aquí ya no? El personaje lleva una falda muy corta. Al final no haremos la escena en la cama, solo le lamerás el cuerpo sudado –después de toda la obra–. Y lo hacía pensando que había discutido con la productora porque él cobraba más que yo. Me preguntaba cuánto valía lamerle el cuerpo sudado a alguien cada noche y si se podía hacer de otro modo. A él no le tocaba esa imagen de sumisión. Que quizás sí que hace falta, ey. Y, si hace falta, se hace. Pero si todo es estructural, quizás es necesario revisar las fronteras. Y las diferencias. La actriz Gemma Polo, en una entrevista en el Tot es mou, expresa cómo en las improvisaciones de escenas íntimas a menudo las actrices rezan para que no suba de tono. Que no suba de tono. Una plegaria común, parece. Casi una letanía. Los límites, cuando no tienes poder para ponerlos. ¿Hasta aquí? ¿O un poco más allá? ¿Dónde lo tienes, el límite? No te preocupes, que te lo buscan.

La actriz británica Keira Knightley ha dicho recientemente que no volverá a rodar ninguna escena de sexo con un director hombre. Solo se avendrá a hacerlo si hay una directora al frente. No quiere seguir representando la mirada masculina. Parece que a ella también le ha tocado repetir plegarias de fondo. En Atonement (Expiación) el director le había gritado "Wank him off!" –"¡Hazle una paja!"– mientras rodaban la escena de sexo de la biblioteca. Ella misma lo explicó hace años, riendo, en el Graham Norton Show. Todos somos víctimas del sistema. Todos reproducimos la gramática patriarcal. Por suerte, la estructura va cambiando y ahora hay una nueva figura detrás las cámaras: las coordinadoras de escenas íntimas. En un terreno en el que se puede producir un abuso de poder con facilidad, parece indispensable que haya mediación. Antes de empezar se convienen los límites. Aún así, el hecho de que ahora se gestionen mejor estas escenas no quiere decir que hayamos resuelto del todo el problema. El "We saw your boobs", y ya se sabe. La fuerza centrífuga del deseo. Recuerdo perfectamente el momento en el que vi las escenas de sexo de La vie de Adèle en el cine. No podía evitar ver la fantasía masculina. Todavía ahora no entiendo cómo la autora del cómic no se opuso a que fuera un director quien llevara la historia a la pantalla. Hablé bastante de ello antes de que las actrices se quejaran. Se habían sentido maltratadas. Explotadas. Otra vez las fronteras poco claras. La letanía, la plegaria.

Fue por todo esto que un día dije un "hasta aquí" muy preciso. Porque se me confundían –porque me traspasaban– todas las líneas. Era, seguramente, el mejor momento de mi carrera. Expresé a mi compañero de entonces cómo estaba de cansada de todo. Del deseo en el centro. Podría haber optado por continuar con la reivindicación –agradezco el coraje de todas las que la hacen posible cada día–. La actriz no se quiere maquillar –¿cómo que no se quiere maquillar?– "Es que os arregláis tan poco, venís a un casting sin maquillar y sin peinar. Así no pasarás a la final". Y pasar se convierte en una pequeña victoria social: la estructura la hacemos nosotros. ¿Habría sido más valiente continuar la lucha desde dentro? Quizás sí. A mi compañero tampoco le hacía gracia la promiscuidad ficticia. Me parece muy bien que lo dejes atrás. Ironías. Todos tensando hacia su lado.

Huí hacia la universidad. Buscando cobijo. Ahora salen voces para debatir también las relaciones de poder entre profesores y alumnos (lo que pasa en algunos institutos lo dejamos para otro día). Había profesores. Había historias. Y, sí, también hay que hacer trabajo. Pero en la universidad el intelecto acostumbra –verbo matiz– a estar en el centro. Por eso había huido. La aritmética del expediente es un buen antídoto para el síndrome de la impostora. En la universidad también están, evidentemente, la fascinación por la juventud y la belleza. El sexo. La admiración que despierta una mente brillante, la experiencia, la sabiduría. También está, todo esto. Y es necesario. Nos hace falta este intercambio. Desear, admirar, querer, follar, hacer el amor. Somos también esto, es inevitable. Se entiende, en parte, que dirección del IT dijera que ya son mayores, que es cosa suya. Las señales de alerta, sin embargo, son la reiteración, la reincidencia y los peligros que conllevan las relaciones profundamente asimétricas. El deseo en el centro. La normalización de todo esto que he intentado explicar. Hace años que todas las alarmas aúllan a la vez.

A pesar de esta estructura cambiante, a pesar de estas nuevas generaciones valientes, todavía tenemos que repensar si hacen falta tantas plegarias calladas. Es evidente que no tendrían que estar y que, por lo tanto, nos tenemos que plantear qué tenemos que hacer para poder ofrecer una estructura en la que sentirse cómoda sea siempre la norma. Y hacerlo. Que sentirse a gusto, segura, no sea cosa de una negociación, de un contrato, de quien ya tiene nombre y carrera. Que nuestra identidad no se agarre tanto al cuerpo, la belleza, la juventud, el sexo. Y hacerlo. Para que cuando descubramos que hemos dejado de ser jóvenes, no nos tengamos que preguntar quién somos, qué éramos. Que la fuerza centrífuga del deseo no se nos trague enteras. Desplazar el deseo del centro.

Aprecio a muchos compañeros que salen o podrían haber salido en este relato. A algunos, los quiero. Hay alguno con quien hemos tenido una relación y hemos compartido muchas cosas. Entiendo que no vivimos ajenos a un sistema y a una época. Se entiende. Algunos, en un momento u otro, me han confesado sus debilidades. Yo también les he confesado las mías. Yo también he visto borrosas las líneas. También me he equivocado. Si tengo que elegir una preposición, prefiero con que contra. No sé si me gusta este "caeréis todos". Entiendo qué quiere decir –es necesario hacer caer a los acosadores–, pero hace falta mucho más que esto: hay que hacer caer la estructura, el sistema que les ha permitido y que les permite actuar con impunidad, que permite entronizar a monstruos con la naturalidad de un "ya sabemos cómo es". Y la estructura cae cuando la enfocas con la linterna. Hay que poner luz a la oscuridad. Hay que delimitar las fronteras difusas que recorren todo este texto. Es un trabajo mucho más profundo, que requiere tiempo. Como dice Sara Ahmed, ser feminista es llevarse deberes a casa.

En mi caso, he tenido la suerte de no encontrarme, en el trabajo, con ningún maltratador de los que dejan herida profunda. Me he encontrado, solo –solo–, todo esto. Ahora la situación está polarizada. En la sociedad del yo digital, del simulacro y del espectáculo, todos somos mediáticos: Baudrillard, Debord o eso del "ya nadie baila, todo el mundo es DJ" de los Ultraplayback. La exposición y la rendibilización de la sexualidad en las redes son una práctica habitual. Y a pesar de que es cierto que la explotación del cuerpo a menudo es autogestionada, los problemas estructurales parece que se amplifiquen –tema para otro día–. Paradójicamente, las nuevas generaciones son más valientes y más conscientes de la gramática patriarcal. Tienen claro que hay que desplazar el deseo del centro. Y, sobre todo, que somos nosotros los que hacemos la estructura.

Elvira Prado-Fabregat es actriz, cantante e investigadora especialista en 'performance studies'

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