16/04/2022

Las olas migratorias y el debilitamiento del catalán: ¿qué ha pasado?

4 min
Una alumna del instituto La Pineda de Badalona al aula de acogida.
Dosier La lengua de los inmigrantes Desplega
1.
La lengua de los inmigrantes: cómo sumarlos al catalán
2.
"Hay profesores que nunca han dado clase en catalán"
3.
"Ya estoy harta de pedir que me hablen en catalán, creo que es denigrante"
4.
Las olas migratorias y el debilitamiento del catalán: ¿qué ha pasado?
5.
Catalán sí, igualdad también
6.
La exclusión y el rechazo condenan el catalán

Como mínimo, desde inicios del siglo XX en Catalunya se ha ido construyendo un sistema de reproducción demográfica y social que progresivamente ha ido poniendo la inmigración en el centro. La particularidad de Catalunya, respecto a otros países desarrollados, es el carácter secular de este sistema, que ha trascendido el umbral puramente demográfico: con más de un 70% de la población actual producto directo o indirecto de la inmigración llegada desde 1900, ni la economía, ni la sociedad ni la cultura del país se podrían entender sin el fenómeno migratorio. Tampoco el concepto siempre controvertido de identidad –por eso hablamos también de reproducción social.

Este sistema descansa sobre tres factores: en primer lugar, el demográfico propiamente dicho, con un descenso temprano y sostenido de la fecundidad –como estrategia familiar de movilidad social–, y un aumento de las migraciones siguiendo el ciclo económico. En segundo, el económico, como motor de atracción de mano de obra y de ascensor social de la población recién llegada. Y, en tercero, el cultural, con un papel fundamental atribuido a la lengua catalana como marca antropológica –en competencia en el siglo XIX y principios del XX con otros rasgos diferenciales como el derecho o el linaje, la raza en términos eugenésicos–. Un elemento que para el migrante puede funcionar de forma ambivalente: tanto como barrera, marcando las distancias y la exclusión, o como signo de apropiación cultural, clave de bóveda de la promoción social y la pertenencia.

Sin inmigración en el siglo XX, de los 1,8 millones de 1900 la población de Catalunya habría crecido hasta los 3 millones de habitantes, menos de la mitad de los 7,7 registrados en 2021. Como resultado, su peso en España se habría reducido: del 7,2% estimado sin migraciones al 15,5% con migraciones en 2000 y el 16,4% veintiún años más tarde. Sin inmigración, pues, el poder político y el económico seguramente también habrían menguado. La lengua se consolidó como marca antropológica gracias igualmente a la inmigración, aunque fuera de forma reactiva durante el siglo XX, con la consolidación del catalanismo político. La situación a finales del XVIII y medios del XIX puede ser definida de diglosia: todo el prestigio caía del lado del castellano, desterrado el catalán de las instituciones. En este contexto, nada nos asegura que la población nativa, en ausencia de migraciones, hubiera seguido manteniendo la lengua propia o la hubiera abandonado como ya había hecho la aristocracia y buena parte de su incipiente burguesía. Como hizo parte de la burguesía durante el franquismo. Pero es que, además, hay que reconocer que sin la movilización de las clases populares durante la dictadura y de la inmensa mayoría de los inmigrados no se habría recuperado la autonomía política y, con ella, el sistema educativo catalán, con un lugar destacado para la inmersión lingüística.

El debilitamiento de la lengua catalana no se debe al incremento de la inmigración, tampoco al carácter internacional de las dos últimas olas, es la señal de la crisis del sistema de reproducción demográfica y social. Tres han sido según nuestra opinión los principales factores que intervienen. Primero la hostilidad de un Estado vertebrado sobre el nacionalismo español que considera el catalán como una lengua subordinada y en competencia, y no ha dejado de obstaculizar el papel del catalán en la reproducción social: de la inmersión lingüística en la escuela, en la preeminencia en la acogida, pasando por la fragmentación en los diferentes territorios de habla catalana y la limitación en Europa, al etiquetado o a la red de comunicaciones, ahora las grandes plataformas. El segundo, la evolución del sistema capitalista, en dos vertientes: la primera con el crecimiento de la desigualdad y la parada de la movilidad social ascendiente tanto para autóctonos como para inmigrados –con la reversión generacional en algunos casos–; segunda, en el desprecio por las minorías si no se constituyen en un mercado rentable, a despecho de los piropos dedicados a la diversidad. En tercer lugar, la adopción de la lógica neoliberal por parte de la élite política catalana y la extensión en las instituciones: hace falta que no olvidemos como el pujolismo insistió en la integración cultural y lingüística, pero menospreció la social, en franca contradicción con el propio discurso hegemónico de la interculturalidad. La aplicación de la gestión empresarial en las instituciones, los recortes y el adelgazamiento de la administración explican desde el destierro del catalán en unas universidades que intentan captar a los estudiantes latinoamericanos y europeos para compensar la pérdida de matrícula de los autóctonos hasta la precarización de la producción cultural, pasando por la escasa presencia de personas de origen inmigrante en la administración.

Demasiada gente se ha aficionado a la demografía recreativa y opinan que los males del catalán vienen de la baja fecundidad y la excesiva migración. En consecuencia, sueñan con incentivar los nacimientos de hijos de madres catalanohablantes y la reducción y selección de las migraciones. Esto implica adoptar una cierta óptica ganadera con las mujeres, a la vez que buscan fórmulas imposibles sobre qué orígenes serían más proclives al aprendizaje del catalán o afines con la cultura catalana. Son opiniones nacidas de la preocupación por la lengua, pero son solo esto: opiniones. No tienen nada que ver con la demografía. Sin quererlo, además, estos amantes de la endogamia proponen una reetnificación de la identidad catalana inédita como mínimo de hace casi un siglo y, con ella, contribuyen a marchas forzadas a la minorización del catalán.

La pregunta clave desde una perspectiva sistémica es: ¿el catalán puede volver a ser visto como una herramienta y emblema de movilidad social ascendiente? Desde una perspectiva política, en vez de tocar el flabiol de la diversidad como ventaja para la competitividad, la cuestión es: ¿con un 20,6% de la población nacida en el extranjero –un 20% de los boomers y un 39,7% de los milennials–, ¿cuál es su lugar en el demos catalán, en la comunidad política que configura la nación catalana?

Dosier La lengua de los inmigrantes
Volver al índice