19/07/2021

Homofobia

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El templo romano de Córdoba iluminado con la bandera LGTBI el día del orgullo.

Aceptémoslo: nunca podremos eliminar la homofobia del mundo. Siempre habrá homófobos, como habrá racistas, violadores, fanáticos religiosos y políticos corruptos. Lo que importa es que sean pocos; lo que importa es que no gobiernen y no impongan el tono social. Una democracia se puede permitir una minoría homófoba en las costuras, como se puede permitir un asesino en serie en las sombras o un grupúsculo anti-vacunas en las redes; lo que no se puede permitir es una sociedad homófoba. Una sociedad se vuelve homófoba cuando concurren estas tres circunstancias: la mayoría social acepta la homofobia, la homofobia se considera una opción legítima en el espacio público y los homosexuales, además de desprecio y persecución, sufren agresiones físicas normalizadas. Bajo el franquismo España era una sociedad homófoba; hasta hace tres años era el país menos homófobo del mundo; hoy tenemos la sensación fundada de un inquietante retroceso.

Para evitar que una minoría homófoba conquiste la sociedad, más importante que la ley es la educación. De hecho las leyes -que a veces “tiran” de los ciudadanos- revelan un fracaso colectivo cuando defienden no derechos positivos -como el divorcio o el matrimonio igualitario- sino el derecho a la pura existencia de sujetos vulnerables. Defender por ley derechos que todos deberíamos reconocer por elemental humanidad señala más la fragilidad del protegido que la fortaleza del protector. El aumento de las leyes destinadas a proteger a los más débiles revela sobre todo una gran indefensión. Ningún pájaro, ninguna montaña, ningún niño, ningún humano deberían necesitar de una ley escrita que asegure su existencia; tampoco ninguna forma de amar. De hecho, cuando se legisla en este sentido se acaba cediendo a la tentación no jurídica de atribuir las amenazas a una emoción: eso ocurre con el artículo 510 del Código Penal sobre los llamados delitos de odio. Más allá de la dificultad de definir el odio y de fijar su valor delictivo, se asume el principio de que los sujetos vulnerables están amenazados por un sentimiento, abismo inescrutable para la ley, generando así esa ambigüedad que permite equiparar, por ejemplo, el odio al fascismo y el odio al antifascismo. El odio al fascismo se llama democracia. El odio al antifascismo se llama fascismo.

Pero el sentimiento existe y por eso es importante la educación. Lo es en cuatro frentes. El primero es la familia. Sería bueno que todas las familias tuviesen un hijo o una hija, o un hermano o una hermana, o dos padres o dos madres LGTBI. El amor a los hijos suele ser más fuerte que el fanatismo: confiemos en el inmenso poder educativo de los hijos. El segundo es la escuela, que debe naturalizar la diversidad sexual como ha naturalizado ya la diversidad familiar: hoy no se margina en los colegios ni a los hijos adoptados ni a los hijos de divorciados. El tercer frente son los líderes políticos, cuyo deber es el de ser “políticamente correctos” en la esfera pública. El cuarto, por fin, son los medios de comunicación, que deben mantener en la marginalidad los discursos homófobos y desautorizar cualquier “salida de tono” en ese sentido.

En las últimas décadas estos cuatro frentes han funcionado bien, hasta el punto de poder decir que los derechos LGTBI han sido asumidos por la mayoría social, que ha penalizado socialmente la homofobia. Si hoy vacila el proceso es porque la derecha homófoba ha decidido interpelar políticamente a esa minoría marginal, autorizarla desde las tribunas públicas e incluso utilizar las instituciones, como ocurre en Andalucía, para revertir en las escuelas los progresos alcanzados. Es difícil desmontar una sociedad homófoba, pero es verdad que se ha generado un consenso social lo bastante potente como para que hoy no sea fácil reconstruirla; desgraciadamente en Europa hay un proyecto en esa dirección y España es un país en realidad frágil y -digamos- reversible, con una mala historia enquistada en el hígado y mayorías sociales muy volátiles y pasivas.

Ese proyecto de sociedad homófoba no solo implica la exhumación de una minoría marginal y su naturalización pública sino también el paso al acto: la invitación a pasar al acto. Todas las fuentes indican que las agresiones homófobas han aumentado entre un 15% y un 25% en los últimos cinco años. El paso al acto de la homofobia, por lo demás, es atrozmente específico porque no se basa en el odio sino en el asco, que es lo contrario de la compasión. Si algo revela el carácter homófobo del asesinato de Samuel Luiz es la violencia de su muerte. El odio puede hacer cálculos, prepararse, matar de lejos; lo típico de la homofobia, como del racismo, es la paliza fulminante y el linchamiento colectivo. La homofobia y el racismo no tienen enemigos. Tienen cuerpo. Es una cuestión física que hay que resolver físicamente y de manera inmediata. El agresor homófobo, como el racista, se quita de encima al homosexual como se quita de encima un insecto. Su cuerpo se le ha adherido, se le está adhiriendo sin parar. El homosexual, se dice el homófobo, está demasiado cerca, está siempre encima de mí y ya casi dentro de mí, de modo que tengo que sacudirme a patadas su presencia y suprimirla a golpes para que no vuelva a entrar en mi cuerpo, para que no tenga el mismo cuerpo que yo. Así se explica esa explosiva violencia “defensiva” que tanto nos espanta. La homofobia activa es siempre homosomia: horror a la igualdad de los cuerpos, a la superposición de los cuerpos. Freudianamente el homófobo se golpea a sí mismo; socialmente no es un combatiente sino un exterminador.

Cuando el asco pasa al acto, las leyes siempre llegan tarde. Ni el artículo 510 del Código Penal ni la ilegalización de Vox, que muchos piden con poco criterio, pueden ser útiles. El asco al cuerpo del otro es una amenaza para la democracia y otro síntoma de su erosión. Los derechos LGTBI todavía van ganando, pero ni los padres ni los maestros ni los políticos ni los periodistas deberían olvidar que la homofobia forma parte de un proyecto político en el que el asco -que siempre reclama “el paso al acto”- se extiende cada día a nuevos cuerpos: gays, trans, mujeres, musulmanes, inmigrantes, comunistas, catalanes...

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